miércoles, 2 de marzo de 2011

WEISS, mi gatita blanca


Era un día de primavera de hace ya algunos años. Mis hijos Manolo y Lola se presentaron en casa con una gatita recién nacida. Se la encontraron abandonada en la calle Valparaíso, al salir del Colegio Alemán. Venían muy contentos con la dulce carga y con los ojos iluminados de una alegría infinita. La traía Manolo en brazo y Lola apoyaba su mano derecha en la barriguita de Weiss. Era blanca con unas manchas negras en el costado derecho y en la punta de su cola. Era una pelota de algodón, con dos ojitos color de caramelo de menta, y una boquita de cereza partida en dos. Venía hambrienta. Lola le preparó un biberón  de leche fresca que Weiss la consumió en un periquete. Weiss vivió con nosotros, en la familia, hasta hacerse adulta.

Weiss tenía una canasta de mimbre con una mantita que le servía de cama y nido. Tenía también dos escudillas, una para la comida y la otra llena de agua para beber. En la terraza una caja de madera con arena.

Weiss era muy sociable con nosotros y muy huraña con los extraños. Jugaba todo el día con una pelotita de trapo. Al llegar el mediodía corría hacia la puerta de la casa, se sentaba esperando la llegada de los niños y ya no se separaba de ellos. Jugaba y jugaba. Se ponía panza arriba para que la acariciaran su barriguita y con las patitas traseras, sin sacar las uñas, se defendía, era su juego preferido.

Comía de todo pero le gustaban mucho los menudillos de pollo. Cuando María, mi mujer, en la cocina, preparaba el pollo, se acercaba sigilosamente a ella y le daba ligeras topaditas en las piernas esperando el suculento alimento. María tardaba en dárselo y ella con paciente espera runruneaba una y mil veces hasta que al fin ella los depositaba en la escudilla. Weiss corría y antes de comer volvía a la cocina y se lo agradecía dándole varias topaditas y soltando un suave maullido, después se hartaba y se tumbaba sobre un rayito de sol que entraba por la ventana de la habitación de los niños.

Mi hija Lola se había encariñado mucho con Weiss y ésta lo sabía. Torcía su cabecita hacia el lado derecho y se le iluminaba su carita, adelantaba la patita derecha y levantaba levemente ofreciéndola con adoración y felicidad. De noche, corría desde el dormitorio de Lola a la sala de estar, se paraba junto a ella, maullaba  y volvía a correr hacia el dormitorio, así una y mil veces hasta que Lola se levantaba. Se iba al dormitorio y se echaba en la cama. Weiss se recostaba junto a sus piernas. Recuerdo una noche que decidí levantarme a medianoche para ver donde estaba Weiss, fui hasta su nido y no estaba. Me acerqué a la habitación de Lola y allí estaba. Se había metido entre las mantas y tenía su cabecita blanca sobre la almohada, estaba dulcemente dormida.

Weiss hizo su primer viaje en coche a Higuera de la Sierra. Era verano y toda la familia nos desplazamos a la sierra para mitigar el fuerte calor de Sevilla. Mi gatita en el viaje se mareaba. Hicimos una parada en el límite de las dos provincias y descansamos un rato junto al cartel del Toro de Osborne. Nos bajamos del coche y la soltamos en el campo, tenía miedo al principio, después se puso a jugar con las orugas, saltaba para coger las mariposas y mordía la hierba fresca.

La casa de Higuera de la Sierra era muy bonita. Se entraba y había un largo pasillo hasta el comedor y el patio. A mitad del pasillo estaba la despensa y las escaleras que subían al doblado. A la izquierda quedaban las habitaciones de dormir, la cocina y el cuarto de baño. El patio tenía un pilón y junto a él un ciruelo y un limonero lunero. A Weiss le gustaba mucho la casa. Corría de la puerta al patio y del patio a la puerta. En la puerta se paraba, se frenaba y sacaba su cabecita entre la cortina para observar la calle. Un día estando yo sentado en la butaca del comedor venía corriendo a una velocidad endiablada, salto sobre mis piernas, el rabo gordo como un puerro y en la puerta se asomó un perro callejero que ladraba. Weiss había descubierto a su natural enemigo. Muchos días se subía al ciruelo y después no sabía bajar. Manolo tenía que rescatarla y ella mimosa bajaba maullando suavemente. Jugaba con el chorro de agua de una pequeña manguera que usábamos para regar y refrescar el patio y cuando se mojaba huía encaramándose al ciruelo. En la sierra conoció a su primer novio pero no trajo descendencia.

Su segundo viaje fue a Alcalá de los Panaderos. La familia nos desplazamos a Santander. Llevamos a Weiss a casa de mis suegros. Allí lo pasó muy bien. Se pasaba el día corriendo por los tejados y se ponía a descansar junto al horno de pan. Se extendía rechoncha sobre las palas y los serones. No dejaba que la acariciaran. El día que fuimos a buscarla  la tuvimos que llamar varias veces. No nos hacía caso, estaba enfadada. Al fin vino protestando, la cogimos dulcemente y volvió a Sevilla.

En Sevilla, cuando salíamos y la dejábamos sola, se pasaba todo el tiempo detrás de la puerta de la calle esperándonos y cuando llegábamos salía corriendo y se escondía debajo de la cama de los niños y tardaba mucho tiempo en aparecer.

Un día triste de otoño estaba Weiss enroscada sobre una butaca de la sala de estar, se quejaba lastimosamente y observamos que por las tetillas depuraba un líquido blanco pastoso. La llevamos a su médico y le recetó no se que mejunje que no le sirvió. El veterinario nos dijo que tenía cáncer de mama. Cada día sufría más y sus maullidos eran más agudos. La llevamos de nuevo al veterinario. Fernando, mi hijo, la llevaba en sus brazos. Weiss recorrió el camino con su cabecita sobre el pecho del niño, acurrucada. No hubo medio de tenderla sobre la mesa de operaciones de la clínica y el veterinario le puso una inyección fatal.

Weiss se quedó dormida en el regazo de Fernando. Murió en la Calle Valparaíso junto al chalet donde la encontramos abandonada cuando era una pelotita de algodón. La enterramos junto a la vía del tren para que llegara antes al paraíso de San Francisco de Asís donde los gatitos viven eternamente.

Por Fernando Duran Grande

viernes, 25 de febrero de 2011

La Calle Elvira

He crecido contemplando la naturaleza. Hoy, esa naturaleza, me llama, es casi un clamor, una imperativa llamada que transforma mi corazón y mi conducta. Soy labrador de la tierra, también su campesino. Soy labrador y pastor que vive la vida con prevención y asombro.

Amar la tierra es conocerla, asumirla y defenderla. Se ama la tierra amando la tierra cercana, esa tierra que rodea y hace singular a nuestra tierra granadina. Amo los árboles que dan sombra en el Paseo de la Bomba, los tilos del Paseo de los Tristes, la asombrosa naturaleza que rodea y sostiene a La Alhambra, al agua que fertiliza la arboleda y el plantío del Generalife, al paraíso alpujarreño, al Valle de Lecrín, a las tierras de Alhama...

Y sobre la naturaleza amo la vida. Amo la cultura, la sabiduría, al ingenio, amo al hombre, eje, criterio y fundamento de la existencia. Amo al hombre que trabaja y construye, al que piensa y crea espacios cálidos de bondad y fermento; al hombre que se esfuerza junto a otro hombre para que la realidad espacial sea gratificante. El hombre que dialoga es un dios creador porque con el diálogo crea el entendimiento y la comunión, fermenta la vida y la hace resurgir como un manantial de agua transparente.

En Granada “la sabiduría grita por las calles, en las plazas levanta su voz, desde lo alto de los muros llama, en las puertas de la ciudad (La calle Elvira al fondo) pronuncia sus arengas”. En Granada me hice persona. Granada me enseñó a amar la tierra, a las personas, a la cultura, a las costumbres, al paisaje, a la naturaleza toda. En Granada me sentí agente de sus manifestaciones y tradiciones. Desde entonces hasta hoy, muchos años ha, mi vida se llenó de naturaleza y agua. Creció la vida en mí y con la vida, la experiencia y con la experiencia el amor a todo aquello que ha hecho realidad ese sueño que es Granada




Por Fernando Durán Grande

domingo, 20 de febrero de 2011

Mi amada Portugal

He recorrido medio mundo pero si tuviera que elegir un lugar para vivir fuera de mi tierra andaluza, sería Portugal la elegida. Conozco Portugal desde Norte a Sur y de Este a Oeste. Desde Braganza y Oporto hasta Faro, y de Guarda, Elvas y Evora a Coimbra, Peniche o Lisboa. Este amor por la tierra portuguesa me lo inculcó mi madre que nació en La Raya extremeña. Recuerdo con emoción a mi madre en la cocina de la casa cantando en portugués. De niño en la aldea de La Fontañera jugaba con mis amigos al patijuelo del cachiporra y el marco que se pintaba en el suelo, la mitad quedaba en España y la otra mitad en Portugal.

He viajado por Portugal siguiendo los itinerarios que me marcaban sus escritores más significativos: Herculano, Torga, Eça de Queiroz, Galvez, Ferreira de Castro y Saramago. Cuando llegaba a una ciudad, por ejemplo, a Castelo Branco, lo primero que hacía era visitar el mercado municipal, después los monumentos y por último su gastronomía. Esta costumbre la inicié en Granada, aquel día 13 de octubre de 1957, cuando la visité y viví por primera vez. Salí de la calle Conde de las Infantas, de casa Ceferino, mi casero, hacia la Placeta de la Trinidad y de allí subiendo hacia la catedral me topé con el mercado de pescado situado por aquel entonces cerca de la Plaza de Bib-rambla. Daba gloria ver a las pescaderas con sus batas y cofias blancas pregonar la mercancía. Granada, toda su idiosincrasia, estaba allí representada. Desde entonces hasta hoy mismo siempre que visito una ciudad empiezo mi ruta por el mercado. El que más me ha impresionado es el de Coimbra.

Aunque el verano pasado me atreví a viajar al Alto Alentejo, visitando Castelo de Vide, Marvao, Portalegre, ahora mi añoranza de Portugal es el Algarve próximo. Desde la terraza de mi apartamento en La Antilla, mirando al Oeste, veo en la lejanía, pegada al horizonte, la tierra portuguesa con Monte Gordo al fondo. Todos los días como si de un rito se tratara, al levantarme corro hacia la terraza y miro al poniente y saludo como Camoens a mi Portugal amada. Leer a Camoens es una fiesta. Recuerdo mi visita a Pugna Tagi, Constancia, donde el río Zezere se mete en el Tejo haciendo un ruido infernal al choque de las corrientes del agua. En la orilla izquierda del afluente hay un monumento en memoria del patriarca de las letras portuguesas. Está sentado con los brazos en forma de regazo que te permite sentarte sobre el poeta y en sus brazos mirar el paisaje y sentir y vivir el gemir del agua.

Salgo temprano y arribo a El Algarve por el puente internacional sobre el río Guadiana que en este lugar es ancho y caudaloso. A la izquierda, asomado a los barandales del puente, el río majestuoso entra en la mar. A la derecha, hacia el Norte, cuando sube la marea, la corriente de agua azul, te lleva hacia Alcautin frente a Sanlúcar del Guadiana.

Vila Real do Santo Antonio es una ciudad geométrica que se asoma al Guadiana. Muchas veces al caer la tarde me siento sobre el pretil que separa el río  de la tierra firme y siento como el ambiente se llena de una paz que te hiela el alma. Tengo entre mis manos un libro del poeta popular Antonio Aleixo, leo despacio el verso corto lleno de ritmo “Fui uma noite pintar” y en la orilla opuesta como si de un pintura se tratara, España con Ayamonte que se frena en la arena de la ribera y el sol se escapa hacia el Oeste camino de América Latina. Después me refugio en la plaza cuadrangular que es el centro de la vida comercial y ocio. Me siento en la escalinata del obelisco dedicado a Pombal. En verano, todos los jueves, la plaza se llena de tenderetes donde se exponen y venden los más variados productos de toda la zona: comida, dulcería, pan, licores, cestería, bordados, encajes…

Este invierno hace sólo unos días nos desplazamos hasta Altura y visitamos lugares maravillosos como Fabrica, Cacela la Bella, Tavira y las playas de Alagoa y Manta Rota. Era un día de mucho frío y una neblina lo envolvía todo en un silencio, que al decir, de Gómez de la Serna, en Portugal, es mayor que en todo el mundo. Fabrica está rodeada de quintas, todas iguales, “Primero había una alta tapia cubierto de un musgo pardo como si llevase sobre los hombros una capa de terciopelo” como relata  en la Quinta de Palmyra, su autor. Altura, en invierno, está al final del mundo. La soledad lo llena todo. Estábamos invitados a cenar en el Restaurante O Charco. Era noche cerrada, la neblina más espesa. Luis y Rita, los propietarios, nos habían invitado a una cena entre amigos, todos pertenecientes a una sociedad gastronómica de Castro Marim. Nos reunimos cinco parejas, yo iba acompañado por María, mi esposa. Sentados alrededor de la mesa estaban Luis y Rita, Semedo y Evangelina, Joao y Ángela y Paulo y Rosa. En el centro de la mesa una cazuela de arroz con pato. Durante la comida se habló de ciento y un tema. La sobremesa tuvo un sabor especial. Recuerdo que fue larga y entretenida, también emotiva. Rita nos contó el cuento de Maria Lionça de Miguel Torga, lleno de interpolaciones de romances y cantos populares de El Algarve, pronunciaba con fuerza el comienzo del cuento que después repetía como un estribillo.  “Galafura vista da terra cha, parece o talefe do mundo”. Joao  y Ángela, a dúo, nos cantaron unos fados. Sus voces bien timbradas parecían voces angelicales, como si bajaran del cielo rompiendo el tejado a dos aguas que nos cubría. Primero cantaron  la Saudade de Coimbra, imitando al cantor de la revolución de los claveles, Afonso, dulce voz de ruiseñor encantado que llenaba los espacios y los tiempos haciéndolos infinitos. Después Ángela al estilo de Amalia Rodrigues cantó un fado de Mariza:

“Trago un fado no meu canto,
Canto a noite até ser dia.
Do meu povo trago o pranto”

          María y yo cantamos un viejo romance que encontramos hace ya algunos años en la Granada de Riotinto con interpolaciones de los romances de  García Lorca:

Esquilones de plata
Llevan los bueyes.
¿Dónde vais niña mía
de sol y nieve?

Sensación de paz, de lejanía, de soledad, de humanidad llena de afectos. Todas las mañanas desde mi terraza levanto mis brazos y susurro: ¡mi Portugal amada!

Por Fernando Durán Grande
                                                                

domingo, 30 de enero de 2011

Manifiesto por la Paz

Con motivo del Día Escolar de la Paz y la No Violencia, 30 de enero.

En la vida hay cosas de las que es difícil hablar, porque de tanto hablar de ellas hemos terminado por no saber lo que significan.   
Hoy nos reunimos aquí para hablar de paz, aunque ya no sabemos muy bien lo que la paz es.
Desde pequeños hemos aprendido que el mundo no vive en paz, podemos verlo todos los días en el telediario. Luchas, revoluciones, guerra y devastación.

También, algunas veces en nuestras familias, en nuestro grupo de amigos, en nuestro instituto. Pero todos la necesitamos, por eso hablamos de ella.

“Cuando me preguntaron sobre algún arma capaz de contrarrestar el poder de la bomba atómica yo sugerí la mejor de todas: La paz”, dijo una vez Albert Einstein, descubridor de los principios de la bomba atómica.

Vayamos al diccionario de la Real Academia, a ver si encontramos algo de luz. Paz: “Situación y relación mutua de quienes no están en guerra”. La paz parece, pues, ser antagónica a la guerra.

Pero también leo en otro lugar “que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad (Juan Pablo II)”.  ¡Vaya, pues! La paz es algo más que ausencia de guerra.

“Si no estamos en paz con nosotros mismos, no podemos guiar a otros en la búsqueda de la paz (Confucio)”. ¡Mira!, nos vamos orientando. Lo primero es conocernos a nosotros mismos. Pero además de mi “yo”, ¿el “otro”?,  ¿digo yo que tendrá algo que ver en esto de la paz?

“Si quieres la paz, no hables con tus amigos. Hablas con tus enemigos (Moshe Dayan)”.  Esto también me gusta, si quieres la paz, busca el diálogo.

Pero además de dialogar, algo más habrá que hacer ¿no?

Escuchad:   “La paz exige cuatro condiciones esenciales: verdad, justicia, amor y libertad (Juan Pablo II)”. Pues nada, a trabajar para que estas condiciones se den entre nosotros, en nuestro pueblo, en nuestra región. En España y en el mundo.

Y termino con un deseo: “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.” (Lucas 2, 14).


Por Belén María y Manuel Durán

domingo, 16 de enero de 2011

Identidad del laico y su misión en la Iglesia y en el mundo. Reflexión inicial sobre la Teología del Laicado.

1.- Introducción

1,1.- Perspectivas desde la que se enfoca doctrinalmente el tema.

     1,1,1.- En las modernas técnicas de comunicación científicas, humanísticas y teológicas es necesario conocer la perspectiva cultural, científica, en la que se sitúa el ponente para el desarrollo y comprensión del tema a exponer.

     1,1,2.- Nuestra perspectiva es el de una persona creyente en Jesucristo y miembro activo de la Iglesia comunión, profética y misericordiosa que fundamenta su existencia en el Sacramento de la Eucaristía y que lo vive en tres dimensiones: la existencial, la teológica y la neumatológica. Entendiendo que sin la primera no hay vida, sin la segunda no hay reflexión ni memoria y sin la tercera no hay misión. Se siente santo (vivir en gracia) y hace de la santificación un proceso de acceso al misterio sobrenatural del que forma parte.

          “El pueblo de Dios elegido, llamado, separado y santificado, tiene una misión: dar testimonio ante el mundo; es por tanto un pueblo profético”

     1,2.- La vida cristiana.

     1,2,1.- Introducción:

           a.- La creación es la gramática o dialecto que Dios emplea para comunicarse con el hombre.

           b.- Primero fue el regalo del mundo como espacio existencial (Gen 1, 1-31; 2, 1-25) y de desarrollo biológico. El mundo es territorio de Dios y territorio del hombre.

           c.- Después fue la encarnación: “El Verbo se hizo carne” (Jn 1, 1-18). La nueva creación donde habitó la verdad y la libertad. Cristo le da sentido y forma a la existencia humana.

           d.- Por último fue la Iglesia que como comunidad de creyente, como nuevo Pueblo de Dios es la encarnación del Espíritu (Iglesificación) (Mt 16,18), desde la cual nuestro vivir cristiano alcanza su máximo sentido y expresión.

     1,2,2.- El cristiano en el tiempo.

           a.- Hemos sido liberado para vivir la libertad.
                .La libertad cristiana abarca al hombre entero.
                .El hombre cristiano participa de la creación cotidiana del mundo.
          
           b.- El cristiano vive bajo las exigencias del evangelio de Jesucristo.

     1,2,3.- La conversión

           a.- La conversión como puerta y camino (itinerario) para vivir la fe y seguir a Jesucristo.

           b.- Las exigencias de la conversión.
               
                . Radicalidad y coherencia.
                . Abandono en la misericordia de Dios.
                . Fe.
                . Aggiornamento y discernimiento.
                . Diálogo con la cultura y el pensamiento actuales.

2.- Fuentes bibliográficas utilizadas:

     2,1.- Bíblicas:
-          1Pe
-          Rom

     2,2.- Magisterio:

-          Concilio Vaticano II
                                   .Gaudium et spes
                                   .Apostolicam actuositatem.
                                   .Ad gentes.
-          Encíclica: Redemptoris missio.
-          Exhortación: Christifideles laicis.

     2,3.- Teológicas:

-          AAVV. Conceptos fundamentales de teología. Tomo IV.
Ediciones Cristiandad. Madrid 1967.
                          -    AAVV. Mysterium Salutis. Tomo IV, I-II
                                Ediciones Cristiandad. Madrid 1969.
                          -     Berdoza, R Teología y espiritualidad laical.
                                Ediciones CCS 1995.
                          -     Código de Derecho Canónico 1983.
-         Estrada Díaz, J. A. La identidad de los laicos  .Ensayo de            eclesiología. Ed Paulinas. Madrid 1990.
-           Faynel, P La Iglesia. Tomo I-II.
Herder. Barcelona 1974
                          -     Forte, B Laicado y laicidad.. Ed Sígueme. Salamanca 1987.
-          Illanes, J. L. Laicado y sacerdocio .EUNSA. Pamplona 2001.
-           Perea, J. El laicado: un género de vida eclesial sin nombre. Declee           de Broouwer. Bilbao 2001.
-           Sínodo de los obispos de 1987: Vocación y misión de los laicos en     la Iglesia y en el mundo veinte años después del Vaticano II.



3.- Reflexión teológica:

     Toda reflexión teológica sobre el laicado tiene que tener en cuenta tres conceptos fundamentales. Un concepto cristológico: se acepta como principio para la reflexión una cristología de la totalidad fundamentada en la interpretación del contenido de los evangelios. Un concepto eclesiológico: se acepta para la reflexión un modelo de iglesia de comunión donde todos sus miembros son corresponsables. Un concepto de Reino de Dios: como don y tarea.


4.- Bases dogmáticas de la identidad de los laicos.

     4,1.- El Sacramento del bautismo como alianza personal dentro de la comunidad eclesial. La vocación laical nace y se fundamenta en el bautismo.

     4,2.- El Sacramento de la Confirmación como aceptación de la fe proclamada en el bautismo. Es vivir experimentando los dones del bautismo como llamada a la santificación personal dentro de la comunidad.

     4,3.- El Sacramento de la Eucaristía como celebración de la fe y compromiso para la misión evangelizadora.

5.- El sacerdocio base en el itinerario de la consagración del laico.

     5,1.- La consagración existencial del laico en el bautismo lo hace sacerdote, profeta y rey.

     5,2.- El sacerdocio del laico es siempre un sacerdocio de discernimiento.

          La Eucaristía es la fuente y el camino de la consagración existencial del laico y del sacerdocio de discernimiento. El cristiano evangeliza mediante la influencia. Son sacerdotes en el mundo y así nuestro cristianismo será de provocación y bendición. El objetivo: consagrar el mundo.

6.- Misión y laicidad.

     6,1.- Ser laico en la Iglesia no es un accidente o una situación que se da, sino una vocación plena de vivir conscientemente el seguimiento de Jesucristo en la comunidad.

     6,2.- El laico participa como miembro activo y responsable en la Iglesia misterio, comunión y misión.

     6,3.- La actuación misionera del laico tiene una doble responsabilidad: construir la Iglesia y proyectarla en el mundo. En la Iglesia desarrollando su vocación hacia la santidad y participando en la construcción de su pensamiento y doctrina; viviendo la comunión y desarrollando sus carismas en la liturgia y en los ministerios específicos.

     6,4.- La actuación misionera del laico se realiza preferentemente en la construcción del mundo (Reino de Dios). Todo laico en la vida ordinaria hace presente la Iglesia (es Iglesia per se), es decir, su vivir es eclesial por sí mismo. Siempre que un laico se relaciona con las personas representa y testifica su eclesialidad. Siempre que un laico toma contacto con la cultura, el pensamiento, las ciencias, la vida política, con la vida social  en general, hace presente la Iglesia y la representa.

     6,5.- Es plenamente laico el cristiano que no sale del mundo ni de la condición del siglo. El que no abandona las estructuras seculares de la vida. El laico busca el Reino de Dios dentro de la trama de la historia.

     6,6.- Los campos de la misión del laico son la defensa de la persona, su dignidad, su libertad y el derecho a vivir; la familia, matrimonio e hijos y ejercitar la caridad, es decir el servicio, santificando el trabajo, la profesión, la economía, la cultura, la política, la vida social por entero.

     6,7.- Dos importantes requisitos son fundamentales para la misión del laico en el mundo: la vivencia de la fe y la formación integral. Vivir la fe supone integrarse en el misterio a través de la oración y la sacramentalidad. La formación se funda en el conocimiento de la Palabra y en su celebración que supone la aceptación radical del mensaje de Jesucristo narrado en los evangelios. El laico tiene que conocer las realidades del mundo, estar informado de los retos que se plantean hoy al hombre por la cultura, la ciencia, los avances tecnológicos, las modas, las tendencias sociales y establecer un diálogo que le permitan discernir entre los retos mencionados y la Palabra
contenida en el mensaje de Jesucristo. El laico tiene que adquirir también el lenguaje de la comunicación actual y desde esa adquisición integrarse en los colectivos humanos que hacen realidad el desarrollo de la vida.

ANEXOS



1.- Primera Carta de San Pedro.

     Contenido doctrinal:

     El tema principal de la carta es una exposición sobre la verdadera vida cristiana, que se inicia en el bautismo como una experiencia de regeneración. Partiendo de ella, Pedro saca sus conclusiones acerca del modo en que el cristiano ha de comportarse entre sus vecinos paganos y frente a la persecución. El cristiano es reengendrado a una nueva vida en el bautismo a través de la misma resurrección de Jesús. El bautismo no se considera simplemente como un rito de iniciación en la comunidad cristiana, sino como una fuente que comunica al creyente el poder vivificador de Cristo glorificado. Pero se subraya también los aspectos corporativos de esta regeneración, pues a través del bautismo los hombres pasan a formar parte del pueblo de Dios, la raza elegida, el sacerdocio real, la nación santa.

2.- Carta a los Romanos.

     Contenido doctrinal:

     La Carta a los Romanos contiene una serie de cuestiones que son fundamentales para el desarrollo de la vida cristiana. En la primera parte, sección doctrinal, (1,16-11,36), dos ideas. Mediante el evangelio, la justicia de Dios justifica al hombre de fe (1,16-24,25); y, el amor de Dios asegura la salvación a los justificados (5,1-11.36). En la segunda parte, sección exhortativa, plantea las exigencias de la nueva vida (12,1-15,13) en dos apartados: la vida cristiana debe ser un culto rendido a Dios en espíritu (12,1-13,14) y los fuertes tienen el deber de la caridad para con los débiles (14, 1-15,13).

3.- La consagración sacerdotal del laico, tesoro de la Iglesia.

     La Constitución Lumen gentium en el capítulo 2º, esboza las características del llamado sacerdocio común: “Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo `por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo”. “...todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios, han de ofrecerse a sí mismo como hostia viva, santa y grata a Dios, han de dar testimonio de Cristo en todos lugar...”. En consecuencia los laicos son personas sagradas, plenamente entregadas y consagradas a Dios en el mundo, como Jesús.

     El sacerdocio del laico se fundamenta y cobra sentido pleno en los llamados sacramentos de iniciación, cuyos efectos son la inserción en el misterio pascual. En el bautismo y la confirmación se da la consagración de la persona al Espíritu Santo, en un triple sentido: el cristiano se hace espacio de santidad y santificación, se constituye en un lugar de encuentro entre la vida y la vida de Dios y se capacita para ser misionero de la fe en Cristo resucitado. Por el bautismo ocurre la purificación espiritual y se transforma el bautizado en templo de la presencia de Dios vivo en medio del mundo.

     El itinerario del sacerdocio del laico lo marca su eclesialidad en dos dimensiones: la Iglesia es edificada por la fe y se hace misionera desde la fe. La capacidad de actuar como miembro de la Iglesia, hace del laico un apóstol o un misionero activo, en medio del mundo y lo implica en la vida total de la propia Iglesia.

     “Estoy a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él; y él conmigo” (Ap 3,20).

     La Eucaristía es el alimento que da sentido y vida al sacerdocio del laico. Sin Eucaristía no podemos vivir, no somos nada. La Eucaristía da sentido a toda experiencia de fe y supone abrir un diálogo fraternal, lleno de misericordia, con el mundo y permite participar con los demás en la construcción de un mundo gratificante.. Por la Eucaristía la Iglesia se construye, se edifica, se beneficia y se realiza. La Eucaristía es fuente y alimento del creyente y lo pone en relación con la praxis.

     La espiritualidad laical se alimenta de la interpretación y vivencia de la Palabra de Jesucristo y a la luz de ella se ilumina y fortalece su conversión, dando sentido, contenido y coherencia a la acción misionera del mismo, da sentido a su testimonio.

     La acción del sacerdocio laical está llena de maternidad (es creativa por su propia naturaleza) y encarnación (fermentadora por si misma).

4.- La Virgen María en el ser y quehacer del laico en el presente de la Historia de la Salvación

     María, la Virgen María nos ha dado las claves para orientar nuestra creencia hacia Dios Padre. Ella fue camino de fe. María vivió como mujer toda la fuerza de la comunicación del Padre y desde ella organiza y orienta toda su vida. María queda “englobada” “asumida” en los parámetros de la divinidad. María es obra del amor Dios, de la misericordia de Dios. María siente, recuerda, piensa, razona y proyecta desde la llamada de Dios en la Anunciación.

     María existe para Cristo y desde Cristo. Su unión con el Verbo, es la maternidad divina. La Anunciación la une a Dios, la maternidad la une a Cristo. Hay mucho de María en el amor de Cristo y es el Espíritu Santo quien hace y modela su personalidad. María se convierte en la receptora por antonomasia del Espíritu.

     El papel integral de María en la obra redentora de Cristo es un despliegue eclesiológico de su maternidad. En la Cruz la maternidad de María alcanza toda su significación. María, madre natural, muere en el Gólgota y nace la María, Madre de la Iglesia.

     La Virgen María ha llenado de maternidad al sacerdocio de los laicos. Su testimonio ha modelado la forma de analizar e interpretar la Palabra, llenándola de maternidad y encarnación. Su actitud positiva sobre la oferta que le hace Dios Padre, su acogida, su celebración, ha potenciado siempre su fidelidad y ha modelado su talante. Vivir la fe y desarrollarla al estilo de María supone algo así como vivir la creencia cogido de su mano, lleno por su calor, su ternura. La Palabra como fiesta y vida.

     El sacerdocio laical encuentra en María un modelo de desarrollo y coherencia. Fundamentalmente un camino de santificación, una realización invisible de la gracia. Vivir en gracia es estar en la casa de Dios. El laico vive y realiza su testimonio en medio del mundo pero siempre vinculado a la Iglesia y unido a María que da las pautas para hacer el camino de seguimiento a Jesús.

     En la Eucaristía “La iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María”. El sacerdocio de los laicos se realiza desde la vivencia en el Espíritu. La Virgen María nos acerca de manera especial al Espíritu Santo. Pentecostés fue la luz que la iluminó y le hizo comprender todas aquellas intuiciones femeninas que la hicieron tan singular y atractiva. El sacerdocio de los laicos se fortalece en el misterio eucarístico que da las fuerzas para realizar la misión evangelizadora. El sacerdocio de los laicos, como María canta al “cielo nuevo” y “la tierra nueva” que se anticipan en la Eucaristía. “¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestras vidas sean como la de María, toda ella un magníficat!"

Por Fernando Durán Grande

El día de los Santos Inocentes

El día de los Santos Inocentes tiene para mí un significado especial. Desde siempre ha sido el día que más he celebrado de la Navidad. Viviendo en Granada, allá por los años 60, varios amigos nos íbamos a Bienvenido en Monachil, y tomábamos unas migas con chorizo y huevos fritos, y por delante morcilla y jamón. El vino de la costa estaba presente. Por la mañana temprano nos citábamos en la plaza de Bib-rambla y desayunábamos chocolate con churros. Después peregrinábamos gastronómicamente por el centro, una copa aquí y otra allá, hasta las doce que usando el tranvía llegábamos a Monachil.

Mañana es 28 de diciembre y, hoy, la víspera estamos preparando la celebración de este año 2010. Los tiempos y las modas han cambiado mucho. Ya tengo la categoría de anciano y aunque el cuerpo me pide fiesta y jaleo, la celebración será pausada. Pasaremos el día en la Sierra de Aracena rodeados de castaños, encinas y vides. Saldremos de Sevilla y haremos la primera parada en la Venta de los Ángeles para desayunar una tostada con manteca “colorá”. Tenemos previsto el almuerzo en Corteconcepción, en la finca de Eloy. El menú un lomo de venado con puré de membrillo y setas, previamente daremos cuenta de una paleta ibérica.

Pasear la Sierra de Aracena es todo un privilegio. Lo he hecho en muchas ocasiones. He tenido la suerte de tener casa en Higuera de la Sierra. Salíamos la familia muy temprano de Sevilla e íbamos parando, primero en Arroyo de la Plata, después en Valdeflores y por último en Higuera de la Sierra. Algunos días hacíamos la ruta del pantano, parando en Puerto Moral para contemplar desde arriba el agua azul y la tierra llena de árboles y sonidos. Otro día nos acercábamos a Alájar, a la Peña de Arias Montano. La ruta era fascinante. De Aracena a Linares de la Sierra, Alájar, Santa Ana la Real y finalizar en Almonaster la Real. Desde la Peña se divisa un paisaje espectacular con Campofrío al fondo debajo de La Picota. Hemos pasado días enteros viviendo la naturaleza. El invierno era nuestro tiempo favorito. Si los días estaban lluviosos el encanto era superior. La lluvia, la bruma, la ligera neblina envolvían el lugar llenándolo de un aspecto singular. Bajábamos a Fuenteheridos, junto a la fuente de los doce caños y a la luz de la chimenea gozábamos de un entrañable almuerzo.

En este tiempo de invierno me encanta sentarme en la mesa camilla, el brasero entre las piernas, en la mesa mis libros de viaje. Los leo todos a la vez. Un capítulo de Alarcón, otro de Unamuno, otro de Cela, otro de Llamazares, otro de Miguel Torga. Los libros de viaje ocupan mi afición lectora en este tiempo de invierno. He viajado mucho y siempre lo he  hecho a través de la ruta que estos libros marcaban. Anoche, sin ir más lejos, estuve visitando la Alpujarra, por enésima vez, de mano de Pedro Antonio. Hicimos una parada en Murtas y después visitamos Turón para llegar a Albuñol. He sido un peregrino por estas tierras granadinas. Hace unos años, con mi hijo Manolo, visité  ese tríptico de la belleza que es el Barranco de Poqueira. Cierro los ojos y veo dibujado en mi mente, en mi corazón, los pueblos de Pampaneira, Bubión y Capileira en lo más alto. En Capileira he pasado días y noches inolvidables con mi mujer y mis tres hijos en el mesón  Poqueira con la familia García. Con Unamuno he vivido en Braga, en Guarda y sobre todo en Coimbra a la orilla del río Mondego, contemplando la ciudad reflejada en la corriente del agua. En Coimbra he soñado con Granada. La Duquesa de Abrantes, contemplando Coimbra se preguntaba: “¿Dónde podría hallarse una comarca más favorecida por el cielo? Granada, sin duda. Pero Granada es única en el mundo. Es la reina de las ciudades, con su espléndida vega. No obstante, Coimbra me parece su noble y encantadora hermana”. Amando a Granada se ama a Coimbra, dos ciudades que las sostienen el paisaje, la ribera y la vega, y la cultura, donde se construye  y vive el amor y se universaliza. Con Llamazares he visitado Tras os Montes, la bella Bragança y Miranda do Douro. Con Miguel Torga el Alto Alentejo, con Portalegre, Castelo de Vide y al norte con la apacible y señorial Castelo Branco y con Cela, al fin, la tierra de la miel y el encanto de un cielo azul interminable.

Por Fernando Durán Grande

martes, 14 de diciembre de 2010

Sevilla y Granada en el recuerdo

Granada por aquel entonces, 1957, era como una canasta de flores. La recuerdo vital e intensa. Una ciudad llena de belleza, de encantos profundos. Una ciudad ideal que todavía no la había roto esa transformación de las nuevas construcciones y  raras autovías que la amordazan. Granada se extendía radiante, llena de luz, sin límites ni fronteras. La Vega, El Camino de Ronda, La Carretera de Murcia, la abrían haciéndola infinita, sin aristas. Granada era como un universo que se iba poco a poco diluyendo sobre un campo de chopos y amapolas. Yo la paseaba, cogía el tranvía, me alejaba y la observaba desde la lejanía inmediata. Ella, Granada, resplandecía, era luz, era como un centro de mesa que desbordaba el contorno, dulce campo de amor y esperanza. Otras veces subía a El Tambor y desde el balcón de piedras la contemplaba al caer la tarde. Abajo La Vega, la llanura infinita, mi Granada, majestuosa se extendía sobre los campos.

Mi primer contacto con la ciudad fue la Estación de la Alsina, por aquel entonces, situada junto a la desembocadura del Río Darro en el Genil, allá por el Paseo de la Bomba. Recuerdo que con mis maletas al hombro, subí hasta Puerta Real y por la calle Mesones llegué a la Placeta de la Trinidad y a la calle Conde de las Infantas, en una casa hacia la mitad de la calle, me hospedé. La calle iba desde el Convento de la Piedad a la Placeta de la Trinidad, en la esquina el bar Paraíso, un bar con mucho carácter, donde desayunaba todos los días y donde presencié muy buenas partidas de dominó.

La vida de estudiante en Granada, años 1957-1960, era sencillamente maravillosa. La Facultad de Filosofía y Letras era el centro de mi vida. Estudiar en aquellos años Filología Románica era una gozada. Primero, los profesores: Alvar, Llorente, Soria, Orozco, Gallego, Gregorio; segundo, los alumnos y el recinto, pequeño, acogedor. Siempre recordaré las clases del profesor Alvar. Subía al estrado, te miraba con una mirada corva y decía solemnemente:

            -Hoy vamos a estudiar la “a” en la Romania.

Aquello era un lujo de erudición y competencia. La aridez de la materia la suplía la exhibición erudita, los textos que sacaba como ejemplos, las curiosidades que traía a colación Muchas veces los alumnos nos mirábamos atónitos. Si, era posible entusiasmarse con las distintas formas que los hablantes de la Romania pronunciaban la primera de las vocales.

El conjunto de los profesores formaban una orquesta sinfónica de ajustadísimos acordes. Llorente tenía la capacidad de la comunicación, su sencillez y su cercanía te desbordaban. Andrés Soria era como si Granada se hiciera profesora y te mostrara toda su belleza. Él nos transportaba al mundo de la literatura italiana; Dante, Petrarca, Boccacio, San Buenaventura, llenaban tus sentimientos literarios de una poesía deslumbrante y eterna. Emilio Orozco, maestro, vivía el asombro cuando con su melodiosa voz iba desgranando las excelencias del Poema de Mío Cid o los versos eternos de San Juan de la Cruz. La realidad y el misticismo creaban en el aula una atmósfera singular. Yo me sentía jinete por la vieja y adorable Castilla y místico tocado por la gracia en un cenobio abierto sólo a la esperanza sobrenatural.

Me he preguntado muchas veces a lo largo de mi vida el porqué todo eso tiempo tuvo que pasar. Era enormemente feliz. Recuerdo siempre que cuando aquellos profesores te iban comunicando tanta y tanta sabiduría yo miraba a Dolores Gloria, mi compañera. Ella estaba con mucho afán, cogiendo en apuntes, tanta erudición y sabiduría. Recuerdo que la miré el día que Alvar nos explicaba el Poema de Santa María Egipciaca, tenía los ojos llenos de lágrimas. También la recuerdo que lloraba el día que leíamos en la biblioteca, como trabajo de clase, El Mundo es ancho y ajeno. La lingüística, la literatura llenaban y de que forma nuestra vocación, nuestra apertura y disposición a las ciencias y el arte. Yo cogía pocos apuntes, me gustaba, me recreaba en ir descifrando aquellos mensajes, mi mente y mi capacidad de memorizar me permitían asistir a las clases como una esponja que se llena de agua dulce.

Yo convivía en el piso con tres alpujarreños estudiantes de magisterio: Emilio, Pepe y Ni. Me hablaban de la Alpujarra  con una especial devoción. Mi primer contacto con la idiosincrasia de La Alpujarra fue un día 15 de octubre en el bar Los Pinetes. Era aquello un mundo fascinante, la forma de vestir y sobre todo de hablar de los alpujarreños que se daban cita en este lugar. Casi todos venían en los coches piratas y recalaban allí para hacer patria y sentirse entre ellos. En principio fueron hoscos pero al rato se abrieron y me contaron anécdotas y curiosidades que aumentaron mi apetito de ir, viajar, por esa tierra tan desconocida. Me llamó mucho la atención los nombres y lugares de procedencia: Lanjarón, Órgiva, Polopos, Cañar, Pampaneira, Bubión, Capileira. Pepe fue mi embajador. Recuerdo que ese día pedimos unas cervezas y una ración de choto al ajillo, después un “costa”. Se sentó con nosotros Feliciano, un vendedor ambulante de Pórtugos, gran aficionado a los toros. Me dijo de pronto, al enterarse que yo vivía en Sevilla:

-          Fernando ¿cómo es la Maestranza?

Su mirada,  sus ojos  claros, se llenaron   de emoción al preguntarme.

Yo no supe transmitirle mis sentimientos sobre ese templo de la tauromaquia tan singular. De mis tardes sentado en el tendido 11, en silencio, dando majestad y eternidad, a aquellas faenas memorables de Domingo Ortega, Mario Cabré, Manolo González. Aquella tarde que me llevó mi padre y vi sobre el albero la faena inmensa de Manolete y de Pepe Luis, aquel par de banderillas de Pepe Hillo o aquella faena de El Estudiante. Aún resuena en mis oídos la voz que salio de los tendidos de sombras durante aquella faena memorable:

            -¡Viva la Universidad de Sevilla!

El río Guadalquivir, la Torre del Oro, El Giraldillo, hacen de la Plaza de Toros de la Maestranza, un templo, un jardín, un trozo del Paraíso, un capricho de Dios Padre para que Sevilla sea espejo, luna y sol de la belleza. No supe, no pude describirla. Me emocioné tanto que en aquel rincón de Granada me preguntaran por esa parte de Sevilla que tanto amo, sólo pude mirarlo y con emoción le dije:

            -La Maestranza es Sevilla.

Me costó mucho entrar en Granada. Sevilla era muy distinta, una ciudad opuesta. Sevilla era el anverso de una moneda de oro y Granada el reverso de esa misma moneda. Sevilla extrovertida, Granada introvertida. Sevilla paisaje abierto, Granada recóndita y profunda. Sevilla llana, Granada montañosa. Sevilla ruidosa, Granada silenciosa. Sevilla crece hacia fuera, Granada crece hacia dentro.

                                                                
                                                              Por Fernando Duran Grande